Razón número 29: Una vieja pasión
Por un tiempo solo fui el que se encargaba de documentar cada encuentro familiar, cada fiesta, cada cumpleaños y fue recién cuando comencé la facultad que me regalaron mi primera cámara. Una vieja pasión había vuelto a reavivarse en mi pecho luego de tantos años de abrumadoras desilusiones académicas. Sin embargo, el mundo aún solo parecía esperar que los fotografiados salieran bonitos junto al cumplañero y la torta, así que continúe llenando mi “portafolio” con imágenes de la familia y cosas así.
La universidad se había vuelto decepcionante, el mundo se había vuelto decepcionante y el único camino que veía por delante era gris. Yo quería que mi profesión me inflara el pecho de emoción, encontrar mi propósito, hacer algo con mi vida. Los días oscuros y llenos de frustraciones académicas me llevaron a preguntarme si podría vivir de la fotografía, si querría dedicarme a eso. Sin embargo, nunca faltan los que te dicen “Como fotógrafo te morís de hambre”. Una vil mentira que yo me tragué, “Los fotógrafos solo están para las fiestas y los eventos”.
A mí me gustaba hacer fotos, pero no precisamente de ese tipo, yo quería otra cosa, algo más artístico. Quería capturar el alma de las personas en una imagen única para cada una, hacerlos sentirse bien consigo mismo, sentirse plenos… ¿Tan imposible era de verdad? ¿Tanto estaba pidiendo? Me caminaba la ciudad entera, ida y vuelta con esas ideas rondando mi cabeza. Qué buenos zapatos tenía, ¿mejor suela? Imposible.